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Una escuela que saque lo mejor de cada quien.

La escuela de mis hijas no es igual a la que yo tuve. La razón es que ambas han disfrutado un sistema educativo muy distinto al que yo viví: al cumplir los dos años ingresaron a una escuela Montessori y desde entonces el aprendizaje ha sido una aventura y exploración constante. Para comenzar, jamás se han sentado en un pupitre.

Ellas han aprendido a escribir, sumar y restar en el suelo, a su aire, impulsadas por el deseo de aprender y no por la obligación de cumplir con la tarea.

 

Desarrollado por María Montessori a comienzos del siglo XX, este sistema es uno de los tantos modelos educativos que procura seguir el desarrollo de los niños en lugar de imponer un esquema rígido. Los salones de clases son muti-edad, las lecciones se imparten a través de juegos sensoriales y los conceptos abstractos se enseñan a partir de ejercicios prácticos. ¿El resultado? Tras un examen que permitió comparar su nivel educativo con el de las escuelas públicas estadounidenses, el resultado fue sorprendente: ambas estaban claramente más avanzadas a otros niños de su misma edad en lectura, matemáticas y ciencias, pero lo mejor, se habían divertido mucho más en todo el proceso.

 

¿Habrían logrado un desarrollo similar en una escuela como a la que yo asistí?

No lo creo. Aunque aquel colegio privado me ofreció maestras cariñosas y un ambiente agradable, era el típico modelo educativo de memorizar, hacer fila y seguir el programa anual sin rechistar. Aprendimos, cierto, pero aspectos de nuestra formación como la creatividad, la inteligencia emocional y el liderazgo no eran prioridad. Jamás diría que aquella era un fábrica de graduandos, donde se imponía un modelo de producción en serie para 40 alumnos por clase. Pero tampoco era un lugar donde la libertad corría por los pasillos. ¡Y vaya que recibimos coscorrones cuando nos portamos mal!

 

 

A raíz de todo el debate suscitado por la película La Educación Prohibida, se me hace más evidente que hay millones de personas ansiosas de cambiar el modelo educativo actual y abrirle espacio a sistemas más creativos, enriquecedores y humanos. ¿Tenemos un sistema escolar acorde con el mundo en que vivimos? En líneas generales, creo que no, pero como en todo tema complejo no conviene generalizar.

Existen muchos elementos que determinan el tipo de educación que reciben los niños: el modelo oficial del país, si es una escuela pública o un colegio privado, la forma como los maestros y directores asumen su trabajo, cuan involucrados y comprometidos estén los padres… Pero hay un basamento fundamental que los marca a todos: entender la educación como un proceso de estandarización ciudadana o un proceso de formación que haga florecer lo mejor de cada persona.

Yo creo en lo segundo. Y al comprobar que casi tres millones de personas han visto las más de dos horas que dura La Educación Prohibida, entiendo que no estoy solo.

Y como la vida continua, a mis hijas les espera una nueva aventura. La semana que viene comienzan a estudiar en una escuela pública francesa. El reto será no solo aprender un nuevo idioma (sería el tercero) sino acostumbrarse a un pupitre y un pizarrón. No te miento, tengo mis temores. Pero como ellas me han demostrado en estos días, si algo caracteriza al ser humano es su capacidad de adaptación y resiliencia. Estoy seguro que ellas tienen la madera para sacar lo mejor de esta experiencia, y a mi esposa y a mi nos tocará asegurarnos de que la escuela saque lo mejor de ellas.

 

 

Claro que tendremos que afilarnos con el idioma, porque yo jamás tuve tareas en francés y tendré que esforzarme para responder cuando me pregunten “Papi, ¿qué dice aquí?”.

Aunque pensándolo bien, en tres meses seré yo el que haga la pregunta… y muy probablemente obtendré de ellas una respuesta.

 

Fuente: inspirulina.com